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Cinco Cuentos Extremadamente Cortos

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24 marzo 2011

[Logo Twitter - Cuentos Cortos en 140]Lo dicho en el titulo, cinco cuentos extremadamente cortos. Los voy a publicar en Twitter. La idea era que tengan menos de 140 caracteres, con todo lo que eso significa.
De todas formas no lo veo como un empobrecimiento del lenguaje, nada de eso. Sería absurdo, pienso que es un divertido reto. Es decir, a uno tuve que «buscarle la vuelta» para que quede aceptable, no fue muy dificil, pero me exigió pensar. Algo que no ocurre a menudo.
Sin más, estos son los cinco cuentos:

  • Un día, aburrido, decidió crear un mundo: personas, casas, árboles, animales. Usó muchos colores. La maestra le puso un diez.
  • —Guadalupe era una mujer solitaria, discreta y reservada —le dijo el encargado de las exequias al chofer.
  • Sus cabellos ondulaban divertidos en el aire, ella reía disfrutando la fuerte brisa del viento pasando por su cuerpo. La caída fue mortal.
  • Él tenía un mundo por delante y lo esquivó. Ella lo amaba profundamente, la muerte también.
  • «Sí, acepto» —dijo mientras cruzaba sus dedos en el bolsillo del frac. Mas él no sabía que ella hacia lo mismo mientras sostenía el ramo.
Si se animan pueden dejar algún cuento de 140 caracteres, o menos y lo incluyo en el post (con el enlace correspondiente al blog del autor)

Al Borde de la Ruta

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20 octubre 2010

dibujo ruta carreteraEl camino era largo, una ruta escabrosa hasta quién carajo sabe dónde. No tenía idea en qué lugar me encontraba, apenas sabía quien era yo. No entendía que estaba haciendo yo ahí. Algunos autos pasaban al lado mío, bajo el sol ardiente del más puro desierto. Yo tan solo caminaba, por el borde, mordiendo el pavimento con mis sucios zapatos. Bañados en... Sangre.
¿Por qué tenía sangre en mis zapatos?
Estoy intentando recordar, mi mente va hacia un lado, mi cuerpo hacia otro. Imposible pensar, imposible concentrarse con este sol de mierda en mi cabeza.
¿Cómo llega sangre a los zapatos de alguien sin que éste lo sepa?
Repasemos, yo venía manejando mi auto hacia el oeste, eso lo sé. Creo que estaba solo. Me llamo... Bueno, quizás no sepa bien quien soy, pero estoy seguro que venía manejando mi auto. Mierda, que dolor de cabeza.
¿Acaso choqué mi auto?
Quizás lo mejor sea caminar en sentido contrario para encontrar los restos. O tal vez eso mismo estoy haciendo ahora, solo que no lo recuerdo. Si ya había decidido volver al lugar del accidente y ahora decido cambiar el rumbo, no podría llegar jamás a mi auto. Supongamos por un momento que ya decidí volver al lugar del accidente, parece lo más correcto, un instinto básico, volver. Supongamos que venía por esta misma ruta chota y un hijo de puta me chocó de frente. Sí, tengo un fuerte golpe en la cabeza, me duelen los brazos y las piernas. La sangre en los zapatos debe ser de... Mierda, esta terrible herida en mi frente que no para de chorrear sangre.
Espero estar cerca del lugar del accidente, casi no tengo control de mi cuerpo y estoy mareandome cada vez más.
Debería estar cerca, si volé por el parabrisas, no pueden ser más de unos metros. Y creo haber dado varios pasos ya, dejando huellas de sangre. Lo curioso es que los autos que pasan por la ruta eso hacen, tan solo pasan. Ninguno se detiene a auxiliarme, me miran, se impresionan, pero solo eso hacen. A la gente le gusta el morbo, la sangre, pero solo para mirarlo por televisión, cuando están tan cerca de la verdad asusta. Tal vez deba hacer señales de auxilio, dedo, pedir ayuda. Pero tengo muy pocas energías y sería algo realmente estúpido. Patético en realidad, cuando note que nadie estará dispuesto a asistirme. No, dejemoslos a ellos con su hipocresía y a mi con mi orgullo.
Interesante, acabo de darme cuenta que soy orgulloso.
¿Lo recordé, estoy recordando quién soy?
No, no es eso. Pero es una buena noticia. Detestaría no ser orgulloso y no odiar la hipocresía. Pero volviendo al tema, ya estoy cansado de caminar, me gustaría saber qué auto tengo. O tenía, dependiendo de la magnitud del accidente, claro está. Veamos, seguramente tenía cuatro ruedas...
Soy un idiota, me río solo y me duele más aun el cuerpo.
Ya debería estar llegando. Estoy notando que los autos me pasan a gran velocidad por al lado, tocando bocina. No tiene sentido, deberían parar al verme.
Oh, no... ¿Acaso soy un fantasma?
Nota mental: no hacer más chistes estúpidos, reírse en este momento causa dolor.
Al pasar esta curva quizás encuentre una especie de respuesta.
Un momento, hay gente lastimada por todas partes, autos incendiados y dados vuelta al borde de la ruta, gente llorando y gritando...
¿Qué mierda son esos ruidos? ¿Bombas?
¿Adónde estoy?


[Cuento en 30 minutos, no pidan más...
Puse el cronometro en 29:30. Me dí unos últimos 30 segundos para darle un final y este es el resultado. Sin idea previa ni nada, claro. Desde que se puso en marcha el reloj comencé a escribir y salió esto. Parece un método interesante, está bueno el "vertigo" de no saber qué carajo escribir...]

En el Banco de una Plaza

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17 abril 2010

Banco de Plaza Blanco y negroLa esperé en la plaza, muy a pesar mio, pues los bancos de esa plaza están demasiados juntos y generalmente uno termina escuchando conversaciones ajenas, cosa que detesto. Como ya es costumbre ella se había demorado, así que me senté a esperarla en un banco de la plaza. Hacia mi derecha se encontraban tres viejas entretenidas en un dialogo vacío, actualidad vecinal y envidia nada sana. Cosas de barrio. En los bancos de enfrente había una madre con dos chicos de unos siete u ocho años, insoportables; corriendo de un lado al otro, gritando y pateando los pies a su propia madre que no sabía cómo sacárselos de encima. A su izquierda había un tipo de unos cuarenta años leyendo el diario, indiferente a la situación. Eso llama realmente la atención: Leía el diario para estar informado, para saber qué está ocurriendo en la actualidad, pero ni siquiera levantaba la vista un segundo para observar al mundo desnudo y crudo que bailaba sádicamente frente a sus ojos.
A mi izquierda tenía a dos viejos que discutían a muerte. "Que sí, que no", "que esto, que aquello", una charla interminable que jamás tendría vencedor. Pero como yo debía hacer tiempo, la mejor oferta era escuchar atentamente ésta última conversación.

—El problema —decía el viejo de boina que parecía ser mayor que el otro— es que los hombres antes buscaban fines teóricos, ahora solo buscan fines prácticos. Fines militares. Antes la guerra era una consecuencia. Ahora la guerra es la causa. El hombre aún se guía por su instinto. Es el hedor a sangre lo que sacia su sed. Pero aún quedamos algunos que preferimos creer que el hombre se mueve mediante sentimientos más nobles. Quizás sean sentimientos menos puros que el instinto, pero definitivamente más humanos. "La historia del hombre, es una historia de violencia" lo cito, porque seguramente alguien ya lo dijo. Y quien lo dijo, cuán acertado estaba.
—Es exactamente lo que te estoy diciendo —respondía el otro—, hoy el hombre se guía por el instinto, porque se ha demostrado a lo largo y ancho del mundo que las pasiones solo mueven masas torpes. Sabés muy bien que soy pragmático y ya estoy demasiado viejo y demasiado cansado como para detenerme a reflexionar cosas inaplicables. No me jodás... ¿O me vas a decir que vos lo haces porque así sos "más humano"? Esos cuentos enseñaselos a algún pollito, que recién salga del cascarón. Ya estamos viejos para seguir dando vueltas. La vida es una sola y si algo no conduce a nada. Pues ese algo será descartado.
—¡Pero bueno! Decime entonces: ¿Cómo es que sabés que ese "algo" no va a conducir a nada? —Protestaba el de la boina— Por más estúpidamente pragmático que seas en algún punto te vas a encontrar con cosas inutiles para tus tan mentados fines prácticos, pero jamás vas a saber qué cosa resultará útil. Y de todas formas ese no es el punto, si mi vida solo se tratase de hacer cosas útiles, por denominarlas de alguna forma, estaría totalmente condenado desde un principio. Que yo sepa, enamorarse es la cosa más inútil de la vida.
—¡Andate a cagar! Siempre que discutimos me llevás al mismo lugar. El amor es útil para la vida, tiene su practicidad —respondía enérgico el otro—, es útil en otro nivel.
—¡Claro, claro! —decía el de boina mientras sonreía— Las cosas pasan a ser útiles y practicas cuando a vos te convienen, no podés explicarmelo. Tan solo el amor, para vos, es "útil" porque sí. Que bonita respuesta, práctica y contundente, tal como la daría cualquier pibe de cinco años. Andá, preguntale a esos dos pendejos que le están pateando a la madre desde hace media hora; preguntale que por qué le están pegando. Te van a responder "porque sí" y cuando le digas que patearle a su madre no es algo útil te van a mandar a la puta que te parió.
—¡Vos te vas a la puta que te parió! —contestó el otro enojado— Yo no argumento como un mocoso de cinco años. No es un "porque sí" a todo. Cuando las cosas son practicas cargan el argumento, inherente a ellas por lo demás, del "porque sí". Decir que esto o aquello es práctico no necesita de más explicaciones y llegado el caso, un "porque sí" vale más que mil palabras. Además, el "porque sí" lo acabas de introducir vos, no lo hagas sonar como la vedette o el leitmotiv de mi razonamiento. No es justo quedarse con eso, mi argumento es otro, yo apunto a concentrarse en fines prácticos.
—¡Pero justamente! —decía el de boina, ahora enojado también— ¿Cómo mierda sabés cuando algo es práctico y cuando no? ¿Quién carajo sos para categorizar objetos y cosas? Si al principio una cosa no parace conducir a algo "práctico" quizás en algún momento lo haga, y si no lo hace, tampoco será un desperdicio de tiempo. Pues estamos atrapados en este mundo intentando vivir. Y la vida es un espectro demasiado amplio como para que venga un viejo choto como vos o yo a intentar poner límites. La vida no es práctica. Y esa es la paradoja del pragmatismo: Intenta buscar la practicidad desde algo nada práctico. ¿Te imaginás dónde estaríamos ahora si a los antiguos se les antojaba ser pragmáticos?
—Mucho mejor que ahora seguro...
—¡Bah! Con vos no se puede hablar —finalizó el de boina mirando al horizonte, tratando de pensar otro nuevo frente de ataque para librar otra batalla en esa guerra discursiva.

Ella llegó y tuve que abandonarlos sin poder escuchar como continuaba la conversación, que para cuando nos alejábamos caminando, había comenzado nuevamente. Ellos no eran filósofos, no eran científicos, no eran profesionales de ningún tipo, tan solo eran dos tipos hablando sobre la vida en el banco de una plaza.

En las Puertas del Cielo

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16 abril 2010

Puerta en el Cielo con NubesMartín era un hombre muy confiado y decidido. A pesar de sus casi cuarenta años, todavía conservaba rasgos de edades pasadas no superadas. Era una persona muy reaccionaria, de temperamento fuerte y carácter impaciente, cada vez que surgía algún problema o conflicto, él empezaba una discusión hasta que él mismo deseara terminarla. Siempre se llevaba la última palabra de la riña. Argumentaba altanero que él imponía su verdad y la gente debía escucharla.
Un día entendió que hay maneras de decir la verdad y no es cuestión de gritársela o insultársela en los oídos a tus oyentes. Fue cuando, a su parecer, tuvo una genial idea: disculparse al día siguiente cada vez que no pudiera controlar su mal carácter. Así pasó su vida.
Finalmente una noche, meditando, algo aburrido y exhausto de la monotonía decidió suicidarse. Una bala cruzó esa mente. Pronto se encontró ante las puertas doradas del cielo —Martín era lo suficientemente cristiano.
—¿Puedo entrar? —Preguntó a San Pedro.
—Por supuesto, deberás esperar en aquella sala, junto a las demás almas —Contestó San Pedro.
Tuvo que sentarse en una sala de espera donde había cientos de almas, la habitación parecía infinita. Esperó durante mucho tiempo para ser recibido por Dios, todas las almas debían pasar por eso —las únicas que tenían privilegio eran las de los políticos, que aparentemente tendrían una. En alguna parte de la Biblia debe figurar.
Su espera rindió fruto y por fin se encontraba delante del Creador. Martín, arrepentido de su suicidio, no esperó ni un segundo para hacerse notar:
—¡Por fin me vas a atender Dios! ¿Cuánto tiempo esperé? —Preguntó con un grito desesperado.
—Unos quinientos años —respondió Dios formando un eco.
—Ah... En ese caso, que rápido pasa el tiempo acá arriba —Dijo Martín, confundido—. Necesitaba hablar con vos porque quería pedirte disculpas, se me fue la mano con el suicidio. Quería saber si podías perdonarme y mandarme abajo a vivir unos años más...
—Eso es imposible —respondió Dios casi riendo y explicándole el asunto—, puedo perdonarte para que vivas acá en mi fabuloso paraíso, pero no puedo devolverte el tiempo perdido...
—No te puedo creer, te pido disculpas para que me mandes allá abajo unos años más y ¿no lo podés hacer? Yo sé por qué, porque tarde mucho tiempo en pedirte disculpas ¿cierto? —Martín estaba desesperado, las cosas esta vez no resultaron a su manera.
—No hubiera cambiado en nada, es algo que no puedo cumplir a nadie. Pero acá arriba tenemos todo un paraíso y allá abajo pasaron quinientos años, te aconsejo que disfrutes el paraíso —Dijo Dios para darle fin a una conversación absurda.
—¿Estás seguro que no hubiera cambiado en nada que te pida disculpas el día siguiente a suicidarme? Eso seguro hubiera sido otra tema, seguro me perdona...
—No Martín —dijo interrumpiendo Dios.
—Es que —insistía Martín— Pedro me dijo que espere en la sala de espe...
—No.

La Burda Palabra

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24 febrero 2010

dibujo de comida ensangrentada en un platoLa burda palabra, inexorable, vino a toparse conmigo. Inflexible, petulante, orgullosa. Y es que de todo esto se trata después de todo.
Pero bien digo, vino a toparse justo conmigo, cuando estaba dispuesto a comenzar mi cena. Es sabido que al tener hambre se intensifican los sentidos, al menos el olfato. El gusto, en realidad y por el contrario, parece entorpecerse torpemente en un trabalenguas sin sentido e insípido. Tal es así que poco importa el banquete, siempre que sea generoso y abundante.

Pero yo no estoy acá para hablar de los sentidos, estoy acá para hablar de la palabra, maldita bastarda.
Y es que tan pronto como llevé un bocado a mi boca una voz sin sonido, un pensamiento sin mente, vino a decirme, justamente a mí, que no coma aquel bocado. No distinguía de dónde provenía la palabra, pero era precisa, nítida, hasta simulaba oírla. Las palabras se encadenaban unas a otras con magnifica coherencia. Tal es así que: Si yo saboreaba aquel bocado, perdería ese sentido; si evitaba oír esas palabras, perdería ese sentido; si negaba ver tanta abundancia sólo sobre mi mesa, perdería ese sentido; si olfateaba ese manjar, perdería ese sentido; por último, si mis manos no soltaban los cubiertos, perdería ese sentido también.

En cortas palabras, para la voz de mi cabeza (si es que de ahí provenía) no podía tocar ni acercarme a aquel banquete de ninguna forma. De hacerlo, perdería todos mis sentidos y muy probablemente muera en el acto. Por otra parte, respetar aquellas palabras de origen desconocido eventualmente me llevarían al chaleco de fuerza, y a mi me encanta vestirme bien.
Dudé, realmente dudé comer. Pero mi apetito pudo más que yo. Mi apetito insaciable. No pude con él, por qué negarlo. Entonces comí. Hice caso omiso de aquellas voces, tendría que estar loco para obedecerlas y yo no estoy loco, yo tengo hambre.

Comí hasta las migas, sonriendo. Casi burlándome de aquellas palabras. Pasé la lengua por el plato. Terminé con salsa hasta en las cejas. Entonces comencé a reír. Ahora me preguntaba si no era de locos reírme por haber bastardeado las palabras. Pero me reí igual, con fuerza.
En cuanto a lo demás, no me pasó nada, no perdí mis sentidos y aun estoy vivo. Ocasionalmente recuerdo esa noche. Me siento a la mesa, con la cena servida, miro mi banquete (quizás sea demasiado para mí) y me dispongo a comerlo, hasta la última miga. Siempre.
Después de todo, todos tenemos que comer.

Su Mano en mi Pierna

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05 noviembre 2009

doble sentido sangre y vestidoElla tenía su mano derecha sobre mi pierna izquierda.Luego con su otra mano decidió apretar completamente la pierna en cuestión y apoyó su cabeza sobre mi regazo. Quizás sea natural que me sienta excitado por eso, mas era inapropiado.
Por alguna razón comenzó a llorar, traté consolarla mientras con mi mano acomodaba su pelo, por detrás de su oreja. Estábamos completamente enamorados y en ese momento me sentí muy bien.
Le dije que no llore y me respondió trepando las manos por mi pierna, apretando con más entusiasmo. Mi reacción instantánea fue comenzar a besarla, nunca nos dimos un beso así, parecía el último, totalmente apasionado.
Atiné a decir "te amo", que fue correspondido inmediatamente mientras unas lagrimas descendían por su sensual rostro de ángel.
Estaba excitado y no podía entenderlo.
Pues tengo conocimiento en anatomía humana y es necesario que la sangre, bueno, que la sangre vaya a "ese sector".
Por tanto, resulta ilógico que al estar muriéndome desangrado por un corte profundo y mortal en la femoral yo tenga una erección.

El Primer Día de mi Vida

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06 abril 2009

Este es un cuento de 200 palabras. Lo escribí y lo envié a un concurso de cuentos en donde por supuesto ni fue finalista. El problema con estos concursos es que escribo algo rapido y lo envio, porque no confío en este tipo de concursos. De todas maneras sigo enviando cuentos, pero si alguien toma en serio estos concursos, lógicamente la calidad de los textos que envio no es de la mejor y por tanto nada voy a ganar a no ser que yo empiece a tomarlos en serio.
En fin, este es el cuento:

Una brillante luz blanca paralizó todos mis sentidos. Nunca había sentido nada parecido. Mi única reacción fue sobreponerme rápidamente y comenzar a retorcerme, intentando escurrirme de aquellas manos extrañas que intentaban secuestrarme. Raptar mi cuerpo de su morada. Extirpar mi esencia y alma, alejándola de su lugar de origen. Yo sólo quería seguir mi vida, quería seguir en mi hogar.
Será por ignorancia o exclusiva maldad de estas personas no entender este simple hecho: Yo era feliz. Estaba donde debía estar, donde quería estar.
Pero ellos no querían entenderlo, ellos tan solo querían extraerme de mi lugar natural y llevarme al mismo infierno. Podía sentirlo con tan solo respirar el aire, quemaba mis pulmones, era insoportable. Jadeando y tosiendo fui acostumbrándome, logré tomar un ritmo de respiración, de manera que el dolor cesara un poco. Pero era inevitable calmar la angustia e impotencia que provocaba el hecho de perder aquel lugar.
Comencé a llorar con todas mis fuerzas tratando de cambiar sus actos. Grité, pero nadie parecía entenderme. Ya no tenía más fuerzas y me abandoné a mi destino. Me llevaron hacia una mujer, ella lloraba y sonreía. No entendía tal expresión. Entonces me miró fijo y dijo “hijo mío”.

Dos Pájaros de un Tiro

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12 febrero 2009

El pájaro canta las últimas horas del día. No sabe que esta noche va a morir.
Lo realmente interesante es que el pájaro no concibe la idea de muerte. No sabe que su vida en algún momento va a terminar. Quizás por eso cante hasta la última hora del día. Hasta esa hora de la noche en que va a morir.
Él cree que la vida es infinita, o que en todo caso: vive (el presente). No sabe lo que es la vida. Sigue armonizando las silabas del viento, el ave mansamente nos confía su destino. No tiene noción del tiempo. No conoce el pasado, mucho menos el futuro. Tampoco sabe que tal cosa existe, él tan solo procura volar libremente. Pero tampoco sabe que eso es lo que hace. Lo que aprendió, fue condicionamiento natural. Él bate las alas contra el viento, la física y la aerodinámica del hombre hace el resto.

Y de un hombre también quiero hablar. Pues él sabe que la vida termina y tiene toda certidumbre de que en cualquier momento puede morir. Conoce muchas, demasiadas causas para provocar su muerte. A tal punto que se desespera por no morir.
Él no vuela como el ave, sabe muy bien que no puede hacerlo. Pero inventó la forma de poderlo hacer. Inventó muchas cosas imitando la naturaleza, hasta logró volar como el ave. O al menos parecerse, que era lo que realmente deseaba.
A diferencia del ave, el hombre entiende un poco más como funcionan algunas cosas de la naturaleza.
Mas el hombre no canta, ni vuela libremente como el pájaro. Reniega su pasado, en ocasiones disfruta el presente y de seguro piensa en el futuro. Porque él sabe qué son esas cosas. Porque sabe que vive y de un momento a otro podría morir.

Pero algo los une. Más allá de la ignorancia en uno, como del conocimiento en el otro; tanto el ave como el hombre, no saben cuándo van a morir.
Tal vez lo llamen destino. Porque a esa hora de la noche, el ave y el hombre se cruzaron en el mismo lugar por un instante. Una fracción de segundo fue suficiente.
Un estruendo calló el canto del ave, que nada sabía. El hombre que sí sabía, comprobó por última vez su gran conocimiento: Sí, pueden matarse dos pajaros de un tiro.

El Mensajero

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15 diciembre 2008

"En algún lugar, en algún momento, la noche va a ganarle al día. Esa batalla ancestral de permanencia, de turnos, de horas señaladas, de pactos hechos a través de la eternidad, de rotación continua, continua armonía, fluído celeste, estelar, galáctico, universal, unívoco, cíclico, unidireccional, repetitivo a través de la historia, de la historia. Noche tras noche y día tras día, todos sabemos que en algún momento eso va a terminar."
El mensajero ha hablado y por alguna razón no entiende por qué el cielo se esta cayendo. Cae directamente encima suyo.
Un cielo celeste, azúl, inexplicable. Inexplicable porque hay cosas que no pueden explicarse cuando no se las reconoce y ese cielo, ese día, estaba inexplicable. Cayéndose. Desmoronándose tan lentamente como cuando las olas se rompen con bravura en la orilla de un viejo muelle. El basto cielo caía en pedazos, solo que nadie lo notaba. Es demasiado inmenso como para notar movimiento en él. La caída precipitada tan solo provocaba una leve brisa, ondulando algún que otro cabello de su cabeza.

Nadie lo notaba. El mensajero era el único que sí lo hacía. Por alguna jugarreta del destino él era el único en la superficie terrestre que notaba el desprendimiento de tan magnánima obra de la naturaleza. Claro que eso lo asustaba. De reojo intentaba conseguir complicidad de alguien, mas era en vano. Ya nadie se detenía a observar las estrellas, mucho menos a un pálido cielo celeste.
Angustiado, solo le restaba seguir contemplando aquél hecho histórico y final de la historia misma. El cielo se caía en pedazos y él era el único que lo notaba. Él lo había predicho. Él sabía que esto iba a ocurrir y caso omiso, oídos sordos, indiferencia permanente por aquellas mentes obtusas, aquellas mismas que ahora no podían contemplar el fin del mundo.

Tampoco sabía exactamente por qué caía el cielo, por qué el fin del mundo. Pero el mensajero sabía que ahí estaba, siendo testigo del fin de todas las cosas.
La perturbación y exaltación de aquél lisérgico momento solo se apaciguaba cuando recordaba que él había sido el mensajero que advirtió a la humanidad de su fatal destino. Eso en algún punto lo tranquilizaba.
El hecho es que no podía dejar de mirar hacia arriba. Ese hipnotizante cielo, ese azul sagrado, ese aire puro y divino.

El mensajero había llegado al final de su vida. La humanidad que lo juzgaba de loco, no.

Un Trabajo Inusual...

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06 diciembre 2008

Este cuento lo escribí hace un tiempo.
No hay excusas para no leerlo: son 150 palabras.

Estoy cansado de trabajar. ¡Tengo que levantarme todos los días a las siete de la mañana!
Lo peor es que muchas veces no pude ir a dormir a mi casa por culpa de mi trabajo. Pero hay muchos problemas que resolver y debo trabajar, entiendo.
Igualmente hay días que me divierto.
Hay veces que la gente no coopera mucho, pero lo que más me molesta, es el maltrato, es un ambiente complicado. Con mis colegas nos llevamos bien, somos todos amigos.
Menos con Tito, a ese no lo soporto.

Bueno, se fue otro día, hoy creo que tampoco voy a mi casa.
Voy a dormir en la plaza esta noche.
Mañana tengo que seguir con mi gran acto, por cierto, soy malabarista y mi señorita dijo que soy bueno. ¡Quiero empezar las clases ya!, sirven rica comida en la escuela, aparte nos divertimos mucho con mis amigos de tercer grado.

dibujo chico de la calle

Un Juego de Ajedrez.

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03 diciembre 2008

hombre ajedrez de titeresLa vida para él era tan solo un juego más, pero al estilo del ajedrez. De hecho, él decía que a cualquier movimiento que se hacía en el ajedrez le correspondía un movimiento análogo en la vida y hasta mismo las piezas tenían su significancia: los peones eran la iniciativa, los alfiles la sutileza, las torres el carácter, los caballos el coraje, la reina el amor y el rey la conciencia.
Él decía que el enroque representaba la total falta de amor, la racionalización pura. Pues, la iniciativa queda estancada y el carácter cuida la conciencia, mientras que el amor deambula en peligro.
Decía también que el "mate pastor" era la jugada más estúpida y por tanto la manera más estúpida de vivir la vida. Aunque agregaba que hasta en eso había belleza, pues se sacrifica todo por amor. Nunca entendí como llegaba a esa conclusión, pero el hecho es que eso era lo que él decía.

A decir verdad había mucha lógica en sus pensamientos. Pero también mucha pasión. Era un apasionado del ajedrez y de la vida. Pero voy a continuar con algunas de sus interpretaciones.
Él encontraba con que en la vida uno no puede dejarse guiar por todos sus impulsos, sensaciones o deseos. Entonces era necesario, para esto, encontrar un equilibrio. Vale decir: no se puede jugar toda una partida únicamente con los caballos, o lo que es lo mismo, dejarse llevar por el coraje en la vida. Así como tampoco podemos confrontar con nuestro carácter cualquier problema de la vida, tampoco podemos jugar una partida únicamente con las torres. En fin, esa era la idea. Cuando más lo pienso, más me convenzo de que tenía mucha razón en sus interpretaciones.

Siempre llevaba con él un pequeño anotador, donde escribía las posiciones en el tablero, situaciones problematicas y de todo tipo. Entonces cuando encontraba un tiempo libre o cuando se le venía una idea a la cabeza trataba de resolverlas. A veces era imposible entablar una conversación con él porque sacaba el anotador y comenzaba a escribir. Se encerraba en su mundo.
Pero era un buen hombre, un buen amigo. Sabía mucho de ajedrez, pero también sabía mucho de la vida.
Siempre lo apoyé en todo, eramos grandes amigos.
Hasta que un día se inscribió en un torneo que pasó a ser lo más importante en su vida. Estaba completamente inmerso en él. Ya no atendía llamados telefónicos, ya no se reunía con sus amigos en el bar. Que aunque nos juntábamos a jugar ajedrez, también hablábamos de la vida, de problemas cotidianos, otros no tanto. Pero en definitiva era el único lugar donde despejábamos nuestra mente de los infortunios de la vida.
Lógicamente en el torneo ganó todas las partidas que jugó, hasta llegar a la final. Debo agregar que ganó todos los torneos en los que jugó. Y habían sido muchos. Este, en principio era otro más, un torneo nacional. Pero él lo había tomado muy a pecho, estaba muy preocupado por perder.

Un día fui a su casa a ver cómo estaba, fue la noche anterior a la final. Había estado preparándose para ese día un mes antes, sin salir de su casa. Hablamos muy poco y lo noté muy angustiado, estubo a punto de llorar. Se enfrentaba al único hombre con quien hizo tablas. Eso yo no lo sabía, nunca lo había dicho. Entonces estaba muy preocupado por perder. Traté de animarlo diciéndole que en la vida a veces es mejor hacer tablas antes que perder la conciencia. Seguí su misma lógica. Pero me respondió enojado: "¿De qué sirve la conciencia si se ha perdido todo lo otro?".
Y creo que hasta en eso tenía razón.
Me fui. Lamentablemente dejé esa conversación ahí. Me había dado su último consejo.

Hoy, luego de tres meses de aquel dialogo voy a visitarlo de nuevo.
Me paro frente a él, para conversar, como lo hacíamos antes. Como en los buenos tiempos.
Pero lo único que se escucha decir repetidamente es: "¿De qué sirve la conciencia si se ha perdido todo lo otro?". Haciendo eco, retumbando en una oscura sala del psiquiátrico.

La Tardanza

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18 octubre 2008

Él iba caminando por la calle, una como cualquier otra de la ciudad. Estaba llegando demasiado tarde, paso a paso aceleraba la marcha, sin perder el ritmo. Intentaba torpemente no sacar la vista del recorrido, pero debía además concentrarse en su presentación, todo debía salir perfecto. Después de todo era su gran día, no iba a tener ninguna otra oportunidad como la de hoy. Repasaba una lista virtual, incrustada en su mente con sangre, no exageraría al decir que fueron difíciles semanas hasta este día. El trabajo duro, fustigando su cerebro, picardía burocrática, lo de siempre, lo de nunca: hoy era otra cosa.
Papeles y facturas, estadísticas y balances, maniobras descontroladas chequeando la lista, todo estaba en su lugar, un bolsillo, el otro, vuelta otra vez, desde el principio. Los papeles en orden.
Una voz en su cabeza reclamaba: “¿Por qué carajo no uso maletín?”. Una voz de ultra fondo reclamaba: “¡No mamá, los chicos en la escuela me cargan, no quiero usar maletín!”. Y en el medio, pálidamente se escurrían los pensamientos y recordatorios precisos de hoy.
Hoy todo debía salir perfecto.

Algo falta, es una sensación. Uno sencillamente lo siente: cuando algo falta. Y sin embargo no hay falta, todo en orden, vuelta a repasar, el discurso meticulosamente predeterminado, una ley reza aquí: “primero el protocolo”. Hay que cumplir las leyes al pie de la letra.
Hoy todo debe ser perfecto.

Citas celebres, pequeños chistes, remates graciosos: eso siempre vende. Pero algo falta, aunque todos los papeles estén en su lugar. Debía ser más cuidadoso, el traje se arrugaba con cada “pasada ratificadora”. Los papeles no podían desvanecerse.
Todo perfecto.

Pero en la esquina, al final de la calle, donde no solo se cruzan las calles, sino la suerte y el destino, la vida y la muerte. Una voz de ultra fondo imploraba: “Mira la calle al cruzar”. Caso omiso. Cabeza gacha, perfil bajo, sin llegar a ser sumiso.
Buena persona, pero un paso en falso nunca es bueno para nadie.
Hoy iba a ser un día perfecto.

Un autobús corría su misma suerte: la tardanza. Apresurado el motor, apresurado el conductor, unas toneladas de acero y carne perpendicularmente a su rumbo. Y había un punto. Y dos rectas se encuentran y un camino y otro se cruzan. Él venía por una calle, no era una calle cualquiera. Ahí se cruzaban su destino y su suerte.
Y pensar que hoy iba a ser todo perfecto.

El contacto era inminente. El choque premeditado. La maquina a toda velocidad llegaba a su última parada. Él desprevenido, más bien, embutido en sus pensamientos. Tan solo era un paso en falso. Jamás hubiera pensado que llegar tarde sería su destino. Su fatal destino.
Pero faltaba algo.

Se había olvidado el señalador. Y como quien dice, “pegó media vuelta”, volvió a su casa por aquel estúpido artefacto. El autobús no detuvo su marcha. Él mientras recogía lo olvidado recibió un llamado telefónico anunciándole que hoy ya no sería un día perfecto, sino más bien todo lo contrario, fue despedido por faltar a su presentación. Lamentándose, se deja caer sobre el sofá. Había fracasado.

Y sin embargo, cuan lejos estuvo éste, de no ser un día perfecto.

Cuento: Entrega del Paquete.

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11 octubre 2008

El motivo de este post es ridículo, pero veremos que sale.
La cosa es así: con los ojos cerrados tecleé cualquier cosa en el Google, en imagenes. Es decir buscando una imagen en extremo al azar. No sin antes unos cuantos intentos fallidos di con varias imagenes, la idea era tomar la primera y escribir algo en relación a eso. Una terrible estupidez, pero no faltará quien diga que es un excelente ejercicio para aprender a escribir (algo no tan erroneo, por otra parte).
Pues bien, mi búsqueda fue: vlj (aconsejo no intentar hacerlo con demasiadas letras)
Resulta que, para mi sorpresa, ¡VLJ es el modelo de un avión! (Very Light Jet)
La imagen es de un juego simulador de vuelo.

VLJ simulador de vuelo avion

Estaba aturdido, creo que me había desmayado, al entrar en razón recordé que debía entregar un paquete, me encontraba muy lejos del lugar y el tiempo no solo parecía burlarse de mi destino, sino que además competía conmigo. Una lucha incomprensible por ver quien llegaba primero, si el tiempo con su exactitud o yo con mi paquete.

A esta altura poco importaba los medios que utilizaría para llegar a mi fin. Por eso con el paquete bajo el brazo y muy cerca del río, pensé en ir a la costa inmediatamente. Tal vez ahí podría conseguir algún medio de transporte.
Pues bien, al caminar un poco encontré una canoa de algún pescador desprevenido, al parecer estaba ocupado con una red a unos cuantos metros. Sigilosamente, pero no por eso despacio me acerqué directamente a la canoa. Al ver que aquél no notaba mi presencia, pues parecía muy entretenido con su red, a decir verdad; me subí a la canoa, tomé los dos remos y comencé a remar. Cuando estaba lo demasiado alejado de la costa el pobre hombre se percató de su infortunio, una nimiedad comparado con el mio.
A toda posible velocidad me dirigí a lo que creía sería mejor para llegar a destino. Remé y remé sin cuidado, pero mi estado físico no se caracteriza por ser privilegiado y tampoco lo privilegio de otros asuntos de la vida. Por eso, llegado a cierto punto, el cansancio se hizo sentir, al mismo tiempo que lo hizo el dolor en mis brazos. Con pena y sin gloria llegué al otro lado del río, fue suficiente, debía encontrar algún otro medio.
Caminé un poco por la costa, pero no era un lugar poblado y encontrar algo útil sería un milagro. Fue entonces que la suerte empezaba a tener otro significado para mi, pues había encontrado un auto (en bastante mal estado) con la llave en su lugar. Lo único que me separaba de mi destino era encender ese auto y que funcione lo suficientemente bien para cumplir con mi entrega.
Increíblemente pude ponerlo en marcha y a buen paso realicé unos cuantos kilómetros por una calle de tierra, descuidada, perdida en algún lugar del mundo. Enmarcada en un hermoso verde, cargada de una liviana brisa, un extraño lugar por donde el hombre parece no haber hecho presencia. Era realmente un milagro haber encontrado ese auto y en esas condiciones.
Pero como todo, todo lo bueno tiene un final y al mismo tiempo que el verde de los árboles comenzaba a desdibujarse, la marcha comenzó a perder potencia hasta que finalmente el auto se detuvo. Con cierto malestar (por no decir con la mayor cólera) comencé a caminar por la misma calle, a intentar encontrarle ese final que parecía pronosticar el paisaje. Hallar ese lugar donde la naturaleza entra en contacto con el hombre. Que para mi sorpresa fue antes de lo esperado.
No solo estaba en presencia del accionar del hombre, sino que además me encontraba sobre una pista de aterrizaje. Un pequeñisimo aeropuerto podría decir.
Inmediatemente busqué un avión libre, había tan solo tres, entre otros que parecían estar ocupados. Uno se destacaba, pero por el solo hecho de estar más alejado de la vista inmediata de otras personas. Fui al acecho. Totalmente libre, no se en qué lugar del mundo me encontraba, pero es dudosamente inseguro. Ahora sí, iba a hacer lo que mejor se hacer, pilotear un avión.
Como buen piloto, me encontraba en el aire con un maravilloso VLJ. Ya nada podría detenerme.
Al menos no la "seguridad" del "aeropuerto".
Pero la suerte nunca fue mi mejor compañera. Un desperfecto y todo queda en manos del destino, viajé por un momento por encima el mar y pensé que iba a ser lo último que haga en mi vida.
Pero no. La suerte volvió a demostrarme que me dejará sufrir la vida un poco más, porque a pocos kilómetros había una pequeña isla. A como diera lugar debía dirigir el avión ahí, la turbulencia se hacia notar. Comenzaba a sentir presión en todo el cuerpo, pero debía soportar la situación hasta llegar, faltaba tan poco, podría ser tan posible!
Estaba pronto a aterrizar en la isla y mi cuerpo ya no lo soportaba. Pero mi mente quería intentarlo y mediante el aterrizaje más forzoso que me tocó vivir pude llegar a esta isla.
Me deslicé unos cientos de metros arrasando cuanto hubiera en mi camino, realmente destrozé cada parte del avión. Cuando ya estaba cantando victoria, cuando estaba totalmente decidido que había logrado salvarme, cuando la precipitosa caída se tornó en brusco aterrizaje y parecía que no había demasiado peligro, la trompa del avión chocó de lleno contra un árbol y mi cabeza recibió un enorme golpe.

Ahora estaba aturdido, creo que me había desmayado, al entrar en razón recordé que debía entregar un paquete, me encontraba muy lejos del lugar y el tiempo no solo parecía burlarse de mi destino, sino que además competía conmigo. Una lucha incomprensible por ver quien llegaba primero, si el tiempo con su exactitud o yo con mi paquete.